El engañoso encanto de “Prófugos”

Prófugos

Comenzó la segunda temporada de “Prófugos” y aquí analizamos donde estaba y qué vendrá para la primera serie chilena de HBO.

Hay algo hipnótico en la forma en que “Prófugos” se despliega en la pantalla. Entre los paisajes imponentes, la violencia extrema y la rara perplejidad que produce que se trate de una “producción nacional”, se dificulta el análisis crítico.

Desde ese primer episodio, exhibido el año pasado, donde las persecuciones por los cerros de Valparaíso y las explosiones tipo Hollywood nos obnubilaran, la serie avanzó durante 13 episodios con igual espectacularidad en su factura, pero mostrando la hilacha con cada vez menos pudor en cuanto a la historia.

A pocas semanas de haber estrenado su segunda temporada da la impresión que ha enmendado en algo el camino, sin perder una pisca del estilo grandilocuente que nos impactó el año pasado.

Revisemos el camino que “Prófugos” ha transitado hasta ahora. Sin duda su sello desde el principio fue la espectacularidad, a la que no estamos acostumbrados en las producciones nacionales. Por eso cuando durante la primera temporada vimos escapes en helicópteros, asesinatos en Valle Nevado, y tiroteos varios, caímos en la trampa de que estábamos ante un producción soberbia. Pero no.

A poco andar aprendimos que “Prófugos” no era una serie de personajes. De los cuatro protagonistas solo Mario Moreno (Luis Gnecco) y Óscar Salamanca (Francisco Reyes) lograban esbozarse como seres mínimamente complejos e interesantes. El policía infiltrado, interpretado por Benjamín Vicuña, era un total desperdicio, no iba para ningún lado y resultaba tan estimulante como un pan sin sal.

Para qué hablar del resto. Kika Ferragut (Claudia Di Girolamo) es el mejor ejemplo de una villana desaprovechada: poco y nada supimos de ella antes que la eliminaran. No basta con poner la voz ronca y hacerla cojear para crear un personaje atractivo. Lo mismo podríamos decir de la subsecretaria interpretada por Paulina Urrutia, que cuando empezaba a mostrarse como algo más que una maqueta, le metieron un tiro entre pecho y espalda. El personaje de Marcelo Alonso, una caricatura completa y ridícula que solo le faltaba sobarse las manos y mirar a la cámara durante sus maldades, también terminó muerto. Y para qué hablar de la fiscal interpretada por Aline Kupheim, lejos la autoridad más torpe que haya aparecido en televisión (en todas sus escenas aparecía con una carpeta en las manos como si eso fuera suficiente para construir su estatus de investigadora).

OK, entonces “Prófugos” era una serie de trama donde lo importante era lo que sucedía, más que a quién le pasaba. El problema es que la trama tampoco era sólida y los hoyos lógicos podrían hacer sonrojar a cualquier culebrón.

Desde la inverosímil relación entre los prófugos, hasta el trato de amigos de toda la vida entre los narcos y políticos, todo parecía en exceso falso. En un país tan clasista como Chile, que estos personajes se relacionaran sin intermediarios con las más altas esferas del poder es, a lo menos, difícil de creer.

Pero el ejemplo más claro, y más mamarracho, es el giro dramático en que descubrimos que Vicente Ferragut (Néstor Cantillana) y el diputado interpretado por Cristian de la Fuente son amantes y continúan comunicándose como la cosa más natural del mundo, incluso después que la banda asesinó a la mitad de la PDI. Ni la pareja ni la revelación tenía el más mínimo sentido ¿En serio Pablo Illanes, en qué estabas pensando?

Dicho todo esto, parecería imposible que la serie levantara cabeza en este segundo ciclo, pero como gente de fe queremos creer que sí. Hasta ahora se han emitido tres capítulos de la segunda temporada y la producción parece decidida a deshacerse de todo el peso muerto que dejó la temporada anterior. No adelantaremos mucho, pero varios personajes han desaparecido (¡gracias señor!) y el nuevo villano, interpretado por Alfredo Castro, se ha tomado su tiempo para dejarnos claro que su presencia en la serie será algo más que apuntar y disparar.

La trama política, que se esbozó superficialmente el año pasado, es ahora una de las líneas centrales y aunque los personajes todavía parecen demasiado acartonados, de a poco van mostrando matices interesantes.

El incendio en la cárcel, que abrió este nuevo viaje, fue una de las mejores muestras de que “Prófugos” sabe como impactar y cómo llevar a los personajes al límite. No obstante, luego de ese episodio el ritmo ha sido menos acelerado y las relaciones se han ido dibujando de manera más precisa. No a tontas y a locas como antes.

Los paisajes siguen siendo un personaje clave y hasta ahora el desierto ha funcionado como el mejor antagonista. Por último, un traicionado y vengativo Mario Moreno promete convertirse en la peor pesadilla de la serie. Lo que abre altas expectativas.

Por ahora solo nos queda esperar que esta vez la historia se resuelva de mejor manera, y en lo personal, que el aburrido personaje de Vicuña se reinvente o muera definitivamente, porque por ahora sigue recordando lo peor que hizo la serie en su primera entrega.

 

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